|
El carisma de fe
/ Autor: Dr. Philippe Madre
Hay un criterio de discernimiento espiritual en nuestras faltas de fe. Podemos encontrar muchas tentaciones que proceden de nuestra imaginación, de nuestra psicología herida. Pero existe una que nunca procede de nosotros, que siempre procede del Maligno: es aquélla de la duda, sobre Dios, sobre el amor de Dios, la duda sobre el corazón de Dios abierto para nosotros. La duda es la firma del Maligno.
La primera vez que el Señor me pidió ejercer el carisma de fe ocurrió en una gran asamblea carismática, hace unos doce años. Tenía que animar la oración para los enfermos y había en el santuario donde se desarrollaba esta oración unas seis mil personas. De ellas, treinta a cuarenta personas paralíticas en sillas de ruedas. Les había pedido que accedieran al presbiterio de la iglesia para estar muy cerca de los animadores. Y habíamos decidido imponer las manos a cada una de las personas paralizadas.
Me gusta mucho reposar mi mirada sobre los enfermos cuando se ora por ellos. Y justo, antes del momento en que íbamos a imponerles las manos, los miré a todos, simplemente. Y en un momento determinado mi vista se detuvo en una joven a quien no había visto hasta ese momento. No recibí una profecía ni una palabra de conocimiento, sólo un impulso muy fuerte del corazón, como si el Señor me indicase que quería hacer algo muy especial a esta joven pero que ni ella misma sabía cómo acoger la gracia de Dios.
El impulso en mi corazón fue tan fuerte que me dirigí directamente hacia esa joven y hablé un poco con ella. Me dijo su nombre: Chantal, tenía veinticuatro años y a los veintiuno sufrió un grave accidente de moto; su médula espinal, partida totalmente, la dejo paralizada de las piernas. Yo era médico y, como médico, sabía que esto no tenía cura.
Entonces tuvo lugar en mi corazón todo un combate espiritual. Al mismo tiempo sentía dentro de mí el impulso de fe y yo no sabía, en ese momento, que eso era el carisma de fe, pero con este impulso de fe, mi corazón sabía que el Señor quería que caminara, pero mi inteligencia de médico me decía, y estaba seguro, que eso era una locura. Durante algunos minutos estuve vacilando y, finalmente, me lancé al agua. Pero yo no sabía nada, al menos en cuanto a nadar con los carismas.
Y entonces le dije a esta persona: "El Señor quiere hacer algo contigo. ¿Lo crees?". Respondió muy débilmente con un pequeño "sí". Le dije: "Si el Señor quisiera sanarte ahora, ¿qué pensarías?". Me contestó: "¡Es imposible!". Y entonces le he dicho: "¿y por qué estás aquí?". Ella respondió: "Porque espero que el Señor pueda curarme". "Entonces lo esperas pero no te lo crees". "Eso es cierto". Seguía presente dentro de mí esta fuerza interior, este impulso de fe. Era algo a lo que no estaba acostumbrado y me sorprendía que siguiera tan fuerte en mi corazón. Y entonces le dije con fuerza: "Vamos a orar juntos y vas a recibir algo del Señor". Y comenzamos a orar. Al cabo de algunos minutos le pregunté: " ¿Sientes algo?". Y ella me explicó: "Sólo siento como una corriente eléctrica en mis piernas". Entonces le dije: "Vamos a seguir orando pero ten confianza". Notaba cómo ella tenía miedo de recibir la sanación y sentí que debía animarla; necesitaba que le animase para que lo acogiera en su corazón, para que se atreviera a confiar en Dios. Porque tenía fe, creía en Dios, pero no creía en la acción de Dios en ella.
Seguimos orando y al cabo de unos minutos le dije: "Bueno. Ahora vas a intentar ponerte en pie". Y me contestó: " ¿Está loco? . ¡Hace tres años que no puedo!". Y le confirmé: "Sí, pero Dios lo puede por ti". Entonces, la ayudé un poco y comenzó a incorporarse y podía estar en pie con mucha debilidad. Para ella esto era ya muy importante. Le dije: "Vamos a seguir orando". Los otros animadores de la velada estaban algo molestos porque me decían: "Philippe, hay trescientos enfermos por los que tenemos que orar". Y entonces les dije: "Bueno, vosotros ocuparos de los trescientos que yo me quedo con Chantal". Porque el impulso de fe en mi corazón era tan fuerte que era la prioridad que yo tenía que atenderla. Y creo que en ello reside una de las características del carisma de fe: sentir y saber que somos enviados a una persona para animarla a la confianza en lo que Dios quiere darle.
Seguí orando con Chantal. Media hora más tarde caminaba normalmente. Y al día siguiente, en la tarde de testimonios bailó el vals con un hermano, alrededor del altar
Es algo muy sencillo. No estoy diciendo que esto tiene que ocurrir con todos los paralíticos. Pero este ejemplo verídico nos enseña cómo el Señor nos quiere educar en la fe y cómo el Espíritu Santo quiere hacernos salir de nuestros miedos personales para introducirnos en otra experiencia de la fe y del poder de Dios. Y creo que es lo que la RCC tiene que aprender a vivir en estos tiempos. Es tiempo para la RCC, de salir de sus miedos. Con todos estos miedos están unidas las divisiones, la falta de unidad. Debemos aprender a ser enviados con el poder del Espíritu Santo. Y el poder del Espíritu Santo nos es dado en primer lugar a través de la fe.
("Nuevo Pentecostés" nº51-52)
|